De Lagrimas al Triunfo, Mi Jornada a La Casa de la Esperanza

De Lagrimas al Triunfo, Mi Jornada a La Casa de la Esperanza

Linda Caridad Bello-Ruiz

Cuando tenía 13 años, tenía un espíritu independiente y fuerte voluntad. Podía encontrarme en carreras de carritos con mis hermanos, montada en bicicleta por los caminos rurales, corriendo a través de los viñedos de mi ciudad natal, Redwood Valley, California, y piscando uvas para tener mi propio dinero.

6, 400 kilómetros de distancia, en Costa Rica, en un hogar muy pobre, nacía una niña, llamada Ana Cecilia.

A mis 18 años, me fui de la casa, dejando atrás a mi familia y llena de emoción me dirigía a la universidad. Desde muy temprana edad mi más gran deseo fue ayudar a los demás, y con esa idea fui a la universidad, con el objetivo de obtener un título que me acreditara en sociología.

Mientras yo estaba empezando mi curso de trabajo social en la universidad de Sonoma State

... la pequeña, Ana Cecilia, ya con cinco años de edad, estaba perdiendo a su madre de cáncer. Ella se hizo cargo de sus hermanos menores y comenzó a valerse por sí misma, pidiendo comida en las calles, hurgando los botes de basura en busca de alimento, y preguntándose por qué su padre se pasaba muchas horas del día fuera de la casa. Ana Cecilia conoció lo que es el hambre y la soledad; como la mayoría de nosotros ni siquiera podemos imaginar.

A mis 19 años, ya estaba involucrada en marchas contra la guerra de Vietnam, me identifique con el movimiento hippy de San Francisco, y con la "generación del amor." Fue entonces cuando me encontré con un hombre alto, guapo y negro, en San Francisco. Él se vino a vivir conmigo a un pueblo en donde en su mayoría era gente caucásica en Santa Rosa, cerca de mi universidad. Entonces, me rebelé contra las normas sociales y con orgullo paseaba de la mano con Raymond por las calles, en restaurantes y clubes, todo esto para demostrar que yo era diferente a los demás.

Durante los nueve meses en que estuve con Raymond, me involucre en el mundo de el─incluso en las drogas y alcohol. Raymond tuvo mujeres prostitutas ganándole dinero en la calle de la Avenida Santa Rosa y engaño a mujeres ricas, quitándoles dinero y joyas…era hombre oportunista.

Yo era joven e ingenua. En lugar de irme, le suplicaba a Raymond que se detuviera e intentaba cambiarlo. No me hizo caso y con el tiempo empezó a golpearme.

De regreso en Costa Rica, a los seis años de edad, Ana Cecilia estaba siendo golpeada por la amante de su padre, ahora su esposa, ya que ella protegía a sus hermanitos del abuso.

Yo escapé.

Pero Ana Cecilia no pudo escapar.

El sol brillaba, calentando mi cara, pero no mi alma, en una playa de San Francisco, el 13 de junio de 1971. Me sentía derrotada y desilusionada. Quería morir. Me sentía como si mi identidad, mi dignidad y mis sueños se hubieron hechos pedazos en una licuadora y luego vertidos a mis pies; sin ningún tipo de reconocimiento. Y, aunque no encontrada manera alguna de entender la profundidad de mi desesperación; comprendía que estas eran las consecuencias de mis malas decisiones, las cuales golpeaban ya a mi frente. Entonces, clamé a Dios: "Si tú eres real, muéstrame tu presencia!"

A 6,400 kilómetros de distancia, en Costa Rica, Ana Cecilia no conocía a Dios. Ella no tenía a nadie a quien pedir ayuda. Su padre se encontraba bajo el hechizo de su nueva esposa. Ana Cecilia trabajaba de sol a sol para mantener lo suficientemente feliz a su malvada madrastra, y evitar que la golpeara. Dormía con sus hermanos en una caja de cartón debajo de la mesa de la cocina.

A los pocos minutos de mi clamor a Dios, un grupo de "gente de Jesús" se sentó a mi lado y me cantaba canciones de libertad, esperanza y amor. Me resistí. No me gustó "las personas cristianas".

Sin embargo, persistieron y al final del día, entregue a Dios mi vida mundana y me uní a Los Hijos de Dios, una comuna religiosa. Dedique mi vida a ayudar a los demás ─ renunciando a la comodidad y la voluntad propia, para obedecer mis líderes y predicar el evangelio a la juventud perdida del mundo.

Ana Cecilia todavía estaba buscando una manera de salir de su infierno. Ella tenía nueve años de edad, nunca había ido a la escuela, su cuerpo estaba lleno de parásitos y sus dientes estaban podridos. Ella ni siquiera sabía que había un mundo más allá de su infierno. Y…echaba de menos a su mamá.

Mis viajes con Los Hijos de Dios me llevaron a México y por una corta estancia estuve en la cárcel mexicana de Mérida (bajo cargos falsos) junto con mis diecisiete hermanos comunales. Fui deportada de México y termine en Costa Rica.

En Junio, 1973, desilusionada con el profeta del grupo y las nuevas enseñanzas, decidí salirme de Los Hijos de Dios y regresar a los EE.UU.

Durante el tiempo que estuve en Costa Rica, nunca me cruce con Ana Cecilia.

De vuelta en los EE.UU. a los 22 años, y desilusionada con la religión organizada, traté de encajar y reconstruir mis ideales destrozados, pero no podía encontrar mi sitio. La profundidad de mi entrega con una causa religiosa me había dado una experiencia espiritual y emocional que la mayoría de la gente de mi edad nunca la hubiera tenido.

Cuatro meses después de estar en los Estados Unidos, Dios le habló a mi corazón cuando oraba por la mañana, y me dijo que fuera de nuevo a Costa Rica a establecer un centro de rehabilitación para niñas de la calle. Nunca dudé de su voz y de su dirección. La inspiración instantáneamente llenó el agujero doloroso en mi corazón y me dispuse a llevarlo a cabo.

El 27 de diciembre 1973 volví de regreso a Costa Rica.

Ana Cecilia tenía diez años y poco a poco iba perdiendo la esperanza.

Con la ayuda de algunas personas maravillosas, como sacerdotes, misioneros norteamericanos, la Primera Dama de Costa Rica e incluso del Presidente de la Republica, pude fundar y dirigir La Casa de la Esperanza, un refugio para prostitutas menores de edad, fugitivos y niñas de calle. La primera en Costa Rica.

En Febrero de 1975, diez meses después de haberse abierto las puertas de La Casa de la Esperanza, llamaron a la puerta y cuando fui a abrir, había un hombre de mirada triste junto a una mujer con una expresión dura en su cara.

El hombre dijo, "Se trata de Ana Cecilia. Es mi hija, te la dejo, por favor.”

Ana Cecilia tenía 11 años de edad y su madrastra había por fin convencido a su padre que deshiciera de ella. Su cuerpo era el de una niña de ocho años.

La historia de Ana Cecilia desde entonces se entrelazó con la mía y se mantiene hasta el día de hoy.

Esta es mi incontenible historia de la creación de La Casa de la Esperanza. También es la historia de Ana Cecilia y la historia de muchas otras niñas que pasaron por ella.

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